jueves, 11 de julio de 2013

Mineiro amargó a Newell's en los penales y lo dejó sin final

No pudo ser, Newell's. La final contra Olimpia quedó ahí, tan cerca, a un puñado de minutos, a casi nada. Lo merecía por el recorrido que antecedió a esta búsqueda. Por su juego, por la idea, por el respeto a un modo de entender el fútbol. Pero no. Los penales fueron una maldición, otra vez. Como en aquella final de 92, en el Morumbí, ante San Pablo. En esta ocasión, el sueño de la Copa se deshizo en semifinales. Antel el Mineiro de Ronaldinho, ante las manos de Víctor que le detuvo el último tiro a Maxi Rodríguez... Duele el desenlace, es cierto. Pero merece todos los aplausos Newell's, el bravo e inolvidable Newell's del Tata Martino.


Lo sabía desde bastante antes de subirse al avión que aterrizó en Belo Horizonte. El Atlético Mineiro, de local, es otra cosa. Lo cuentan los detalles de la historia reciente: O Galo llevaba 52 encuentros sin derrotas en condición de local (35 de ellos, bajo el cielo del estadio Independencia Raimundo Sampaio, el escenario de anoche). Sin embargo, no le resultó sencillo sostener ese vendaval inicial del conjunto brasileño. Ya de entrada, Mineiro puso todo su arsenal al servicio de la victoria amplia e imprescindible. Y pronto encontró premio a su intención: pase de Ronaldinho a lo Ronaldinho, pura magia, aparición de Bernard y definición impecable ante la salida de Nahuel Guzmán. Uno a cero y otro partido en marcha, con 87 minuots por delante.


Siguió yendo el local y Newell's, -de a poco- comenzó a parecerse a Newell's. El duelo decisivo fue muy distinto al de la ida (aquel 2-0, en el Coloso Marcelo Bielsa); con vaivenes, con un Mineiro más intenso y más preciso; con un rival inicialmente más pensado para defender que para acrecentar la ventaja.
Invirtió seis hombres en ataque el equipo de Cuca: los dos laterales (Marcos Rocha por la derecha y Richarlyson por la izquierda), los tres enganches (Ronaldinho como líder creativo más Bernard y Diego Tardelli) y la referencia ofensiva central (Jó). Así fue, pero le faltó contundencia y prolijidad en el último tramo del campo de juego. Es cierto, Newell's le recortó espacios y lo complicó de ese modo. Pero no sólo eso: también se animó a jugar -por momentos- como el campeón del torneo Final del fútbol argentino. Porque no revoleó la pelota, porque no negoció su habitual voluntad de llegar con el balón al pie y sin pelotazos, porque tuvo líderes valiosos (esta vez, Maxi Rodríguez, como en casi todo el tramo decisivo del semestre, volvió a ser clave). Y tuvo otro virtud: supo sobreponerse a los golpes que el partido le fue dando. Primero, el gol rapidísimo; luego (a los 26 minutos) la salida de Gabriel Heinze, uno de los emblemas; siempre, el empuje de ese público tan cercano al campo de juego. Ante esas situaciones, se plantó. Y creció. Y creyó.


Ya en el segundo tiempo, se hizo más claro el plan de Newell's: protegerse sin instarlarse en su área. Incluso en el comienzo contó con la llegada más clara, en los pies de Casco, quien se tropezó e impidió que llegara Scocco. De todos modos, el mejor indicio para la salud de la clasificación de Newell's era otro: Mineiro -hasta el apagón- no había llegado nunca con claridad. Una impresión: mejoró Bernardi y con él, Newell's; desapareció Ronaldinho y con él, Mineiro.
Pero cuando volvió la luz, Atlético encontró un par de destellos en su propia oscuridad. Y en uno de ellos, apareció el gol necesario: rechazo defectuoso de Diego Mateo, derechazo implacable del ingresado Guilherme y 2-0. Al borde del final, ese grito de todo el estadio le abrió las puertas a los penales. Y a esa angustia del azar. Y a ese desenlace feliz para O Galo. Que todavía ahora sigue cantando hasta el próximo amanecer.

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