domingo, 20 de mayo de 2012

Unión gritó en el final ante un San Lorenzo que se hunde

La cruz es demasiado pesada. Se hace sentir desde el primer minuto en esas camisetas azulgranas que corren por la cancha. El peso que lleva encima San Lorenzo se nota a la distancia. Se olfatea. Y ese, más allá de aquel puñal que llegó en un centro y que cabeceó Barisone al gol cuando se moría la noche en Santa Fe, es el rival con el que pierde y pierde constantemente el equipo de Ricardo Caruso Lombardi. Porque la derrota de ayer ante Unión se explica no desde el acierto del local sino desde un contexto que llena de plomo los hombros y las piernas de San Lorenzo. Y así, en ese ambiente, de poco sirve la valentía que muestran Buffarini o Romagnoli cuando piden la pelota si luego no saben qué hacer con ella. Las cuentas no dejan de estar en la cabeza. Se sienten presionados, juegan rápido y se sacan la responsabilidad de encima. Como lo que hace en las salidas del fondo Bianchi Arce: van todas a dividir.

Los síntomas, sin embargo, no son exclusivos de San Lorenzo. Por caso, Unión convivió ayer (y lo hace desde el inicio de la temporada) con los mismos temores. Pero a diferencia del equipo de Boedo, los de Kudelka buscaron el triunfo con mayor decisión. A su modo, con Miguez y Velázquez abriendo la cancha por los laterales y con Rosales buscando el juego aéreo. Así lo complicó siempre el local, que ganó en el área de Migliore siempre que se lo propuso. Por eso el gol de Barisone, aún en la agonía de un partido que ambos habían dado en tablas, sabe a justo. Porque Unión había peloteado de lo lindo el arco de Migliore en los primeros 45 minutos. Es que en fila, con o sin invitación, fueron pasando de uno para cabecearle al arquero. Lo hicieron Correa, Barrales, Barisone y Maidana. Siempre atajó Migliore.

La actitud del arquero de San Lorenzo, ahogado, agitado, tirándose al piso para que pase el temblor, lo describía: Unión asfixiaba. Y en ese rato, tras una buena jugada que armaron entre Barrales y Velázquez por la izquierda, Míguez apareció solo por derecha. Su remate cruzado lo sacó Migliore con la punta del pie derecho. Sólo aguantaban los de Caruso.

Lo de San Lorenzo se resumió en la búsqueda inentendible de Gigliotti y Bueno con pelotazos que sólo llevaron peligro en el tercer minuto de adición, con un cabezazo de Gigliotti que sacó Bologna. Entonces de ahí surge el otro foco para el análisis. En otros clubes y en años anteriores, esos mismos que hoy se ponen la camiseta azulgrana habían mostrado otra cosa. Hoy, en cambio, parecen presos de los nervios. Y es Ortigoza un caso puntual, desconocido de aquel del pase fino y preciso de Argentinos. O Salgueiro, ese delantero punzante que jugaba en Estudiantes. De ellos ya no quedan rastros.
Unión, al que le faltan cuatro puntos para llegar a los salvadores 50 en la temporada, festejó como nunca. San Lorenzo sufre con su cruz a cuestas. Sabe que su destino ya no está en sus manos.

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